sábado, 19 de septiembre de 2009

De los devotos ejercicios que se aconsejan al cristiano para todos los días

DE LOS DEVOTOS EJERCICIOS QUE SE ACONSEJAN AL CRISTIANO PARA TODOS LOS DÍAS

Tomado del Catecismo Mayor de San Pío X

973. ¿Qué ha de hacer el buen cristiano al despertar por la mariana? - El buen cristiano, al despertar, ha de hacer la señal de la Cruz y ofrecer su' corazón a Dios con estas o semejantes palabras: Dios mío, os doy el corazón y el alma mía.

974. ¿Qué hemos de pensar mientras nos levantamos y vestimos? - Mientras nos levantamos y vestimos hemos de pensar que Dios está presente, que aquel día puede ser el último de nuestra vida, y levantarnos y vestirnos con toda la modestia posible.

975. Levantado y vestido, ¿qué ha de hacer el buen cristiano? - El buen cristiano, acabado de vestir, ha de ponerse en la presencia de Dios y arrodillarse, si puede, ante una devota imagen, diciendo con devoción: "Os adoro, Dios mío, y os amo con todo mi corazón; os doy gracias por haberme criado, hecho cristiano y conservado esta noche; os ofrezco todas mis acciones, y os pido que este día me preservéis de pecado y me libréis de todo mal. Así sea." Reza luego el Padrenuestro, Avemaría, Credo, y los actos de Fe, Esperanza y Caridad, acompañándolos con vivo afecto del corazón.

976. ¿Qué prácticas de piedad habría de ejercitar el cristiano todos los días? - Todos los días que pudiese debería el cristiano: 1.°, oír con devoción la santa Misa: 2.°, visitar el Santísimo Sacramento, por corta que fuese la visita; 3.°, rezar la tercera parte del Rosario.

977. ¿Qué ha de hacer al ponerse a trabajar? - Al ponerse a trabajar ha de ofrecer a Dios aquel trabajo, diciendo de corazón: "Señor, yo os ofrezco este trabajo, dadme vuestra bendición."

978. ¿Por qué fin ha de trabajar? - Ha de trabajar por la gloria de Dios y por cumplir la divina voluntad.

979. ¿Qué hará el cristiano antes de sentarse a la mesa? - Antes de sentarse a la mesa, estando en pie, hará la señal de la Santa Cruz y luego dirá con devoción: “Señor Dios, echad vuestra bendición sobre nosotros y sobre el manjar que vamos a tomar para mantenernos en vuestro servicio.”

980. ¿Qué hará después de comer? - Después de comer hará la señal de la Cruz y dirá: “Os doy gracias, Señor, por el manjar que me habéis dado: hacedme digno de participar en la mesa celestial.”

981. ¿Qué pernos de hacer al advertir que somos tentados? - Al advertir que somos tentados hemos de invocar con fe los santísimos nombre de Jesús y de María, o decir con fervor alguna jaculatoria, por ejemplo: "Dadme gracia, Señor, de no ofenderos jamás"; o bien hacer la señal de la Cruz, evitando con todo que por las señales exteriores echen de ver los demás nuestra tentación.

982. ¿Qué Iza de hacer el que tiene conciencia cierta, o dudosa, de haber cometido algún pecado? - El que tiene conciencia cierta, o dudosa, de haber cometido algún pecado debe hacer inmediatamente un acto de contrición y procurar confesarse cuanto antes.

983. ¿Qué se hará cuando fuera de la Iglesia se oye la señal de alzar a Dios en la Misa solemne o en la bendición del Santísimo Sacramento? - Se hará, por lo menos con el corazón, un acto de adoración diciendo, por ejemplo: "Bendito y alabado sea en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento."

984. ¿Qué reza el buena cristiano al toque del ANGELUS O AVEMARÍA, al alba, al mediodía y a la tarde? - Al toque de Avemaría, el buen cristiano reza el Angelus Dómini, con tres Avemarías.

985. ¿Qué haréis a la noche antes de acostaron? - A la noche, antes de acostarme, puesto en la presencia de Dios, rezaré devotamente las mismas oraciones que a la mañana, haré un breve examen de conciencia y pediré perdón a Dios de los pecados cometidos aquel día.

986. ¿Qué haréis antes de dormiros? - Antes de dormirme haré la señal de la santa Cruz, pensaré que puedo morir aquella noche y le entregaré a Dios el corazón, diciéndole: "Señor y Dios mío, yo te entrego todo mi corazón; Santísima Trinidad, dadme gracia para bien vivir y para bien morir; Jesús, José y María, en vuestras manos encomiendo el alma mía."

987. Fuera de las oraciones de la mañana y de la noche, ¿de qué otra manera puede rogarse a Dios frecuentemente durante el día? - Durante el día, puede rogarse a Dios frecuentemente con otras breves oraciones que se llaman jaculatorias.

988. Decid alguna jaculatoria. - Señor, ayudadme - Señor, hágase vuestra santísima voluntad - Jesús mío, quiero ser todo vuestro - Jesús mío, misericordia - Corazón de mi amable Salvador, haz que arda y crezca siempre en mí tu amor.

989. ¿Es útil durante el día decir muchas jaculatorias? - Es utilísimo decir durante el día muchas jaculatorias, las cuales pueden decirse con el corazón, sin pronunciar palabra, andando, trabajando, etc.

990. ¿En qué otra cosa debería ejercitarse el cristiano además de las oraciones jaculatorias? - Además de las oraciones jaculatorias, el cristiano debería ejercitarse en la mortificación cristiana.

991. ¿Qué quiere decir mortificarse? - Mortificarse quiere decir dejar por amor de Dios algo que gusta y aceptar algo que desagrada a los sentidos o al amor propio.

992. ¿Qué haréis cuando lleven el Santísimo Sacramento a un enfermo? - Cuando lleven el Santísimo Sacramento a un enfermo lo acompañaré con modestia y recogimiento si puedo: y si no puedo, haré un acto de adoración en cualquier sitio donde me halle, y diré: "Consolad, Señor, a ese enfermo y dadle gracia para que se conforme con vuestra santísima voluntad y consiga su salvación.

993. ¿Qué haréis al toque de agonía? - Al oír el toque de agonía iré, si puedo, a la iglesia a rogar por el moribundo, y si no puedo, encomendaré su alma al Señor, pensando que dentro de poco me hallaré yo también en ese estado.

994. ¿Qué haréis al oír doblar a muerto? - Al oír doblar a muerto, diré un De profundis o un Réquiem o de otro modo rogaré por el alma de aquel difunto. y renovaré el pensamiento de la muerte.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Test de estima sacerdotal


Pongo aquí por su gran interés dentro de este Año Sacerdotal el "test de estima sacerdotal" preparado el obispo de Palencia, monseñor José Ignacio Munilla.

* * *

1.- ¿Has rezado últimamente por tu párroco, por tu obispo o por el Papa?

a. Ni siquiera sé cómo se llaman.

b. En la Misa ya se suele pedir por ellos, y yo me sumo a esa petición.

c. Lo hago todos los días en mi oración personal.

2.- ¿Has abierto tu conciencia a un sacerdote, confiando en que pueda ayudarte en tus problemas?

a. Cada uno tiene que solucionar sus problemas.

b. "Cuatro ojos ven más que dos"... Siempre es conveniente escuchar y acoger los consejos de quien pueda ayudarnos.

c. La mayor ayuda que he recibido de un sacerdote ha sido cuando sus consejos venían unidos al perdón de Dios en el sacramento de la Confesión.

3.- Cuando entre tus amistades escuchas comentarios anticlericales...

a. He seguido la corriente, para no quedar mal.

b. Me he hecho el sordo, como si estuviese a otra cosa.

c. He dicho lo que pensaba, dando testimonio de mi fe.

4.- En un sacerdote veo...

a. Una "reliquia" del pasado.

b. Un "profesional" de la religión.

c. Un ministro de Dios; "otro Cristo" entre nosotros.

5.- ¿Cuántas veces has invitado al párroco a tu casa?

a. Al cura se le llama sólo cuando ha muerto alguien.

b. Cuando está la abuela con nosotros, suele traer la Comunión.

c. Varias veces... Me encantó cuando nos relató en una sobremesa la historia de su vocación.

6.- Cuando oyes a un sacerdote predicar...

a. Le atiendo dependiendo de sus cualidades oratorias.

b. Le escucho si el tema del que habla me resulta interesante.

c. Veo en él un instrumento por el que Dios me habla.

7.- Cuando se hace una colecta en favor de los seminarios...

a. "Los curas" están siempre pidiendo.

b. ¡Se pide para tantas cosas! ¡Una más!

c. Colaboro gustosamente, porque pienso que ninguna vocación debería frustrarse por falta de medios económicos.

8.- Cuando veo un sacerdote anciano en la Iglesia o por la calle...

a. Me viene a la cabeza que la Iglesia está de capa caída.

b. Lo importante es que diga la Misa rapidito.

c. Doy gracias a Dios por su fidelidad y por todo el bien que haya podido hacer.

9.- Cuando veo un sacerdote joven en el altar...

a. Desconfío de su inexperiencia. ¿Qué me va a decir a mí?

b. Le observo a ver cómo lo hace, y le "califico".

c. Doy gloria a Dios por su vocación y le encomiendo intensamente.

10.- ¿Cómo reaccionarías si tu hijo te dijese que quiere ser sacerdote?

a. Le preguntaría a ver si se ha vuelto loco, y le recordaría que tenemos que conservar el apellido.

b. Le pediría que se lo pensase bien y que primero haga una carrera universitaria.

c. Me llevaría una de las alegrías más grandes de mi vida, y le apoyaría plenamente.

11.- ¿Le has planteado a algún niño, adolescente, o joven, la posibilidad de ser sacerdote el día de mañana?

a. Yo no me meto en líos. Allá cada uno con su vida.

b. Soy de la opinión de que hay que valorar todas las vocaciones, aunque sean diferentes a la nuestra.

c. Sí que me he fijado en alguien concreto, y rezo por él... Un día de estos se lo "dejaré caer".

12.- ¿Qué piensas de la expresión del Santo Cura de Ars: "El sacerdote es el amor del Corazón de Jesús"?

a. Me parece un espiritualismo desencarnado.

b. Pienso que eso sólo se podría decir de algún cura santo.

c. Creo que es exactamente así, aunque "lleven este tesoro en vasijas de barro" (2 Co 4, 7).


Evaluemos qué tal te ha ido:

Si la letra "a" aparece en la mayoría de tus respuestas..., me sorprende que este test haya llegado a tus manos; pero le doy gracias a Dios de que así haya sido, para poder decirte como sacerdote que soy, que Dios te quiere con locura y que espera de ti una respuesta de amor.

Si a la mayoría de las preguntas has respondido con la "b", me gustaría decirte que no estás disfrutando de los tesoros que Dios te ofrece por medio del sacerdocio.

Pero, si la letra "c" es la tuya... entonces te digo que no dejes de rogar a Dios por la santificación de los sacerdotes y por el aumento de vocaciones sacerdotales, porque estoy segurísimo, de que, a ti, Dios te va a escuchar.

Reliquias de la Pasión: la Vera Cruz


Hablaré hoy brevemente sobre una de las reliquias de la Pasión (y de la cristiandad toda) más veneradas: la Vera Cruz.

Vera Cruz significa en latín "Verdadera Cruz", puesto que dichas reliquias son pequeñas astillas de la verdadera cruz en la que murió por amor nuestro Redentor Jesucristo.

Después de la muerte de Jesús las tres cruces (junto al INRI, los clavos, etc) fueron depositadas en una cueva existente en la parte baja del Calvario (no era extraño que los romanos hiciesen esto con los instrumentos con los que habían dado muerte a un reo).

Sobre el año 135 después de Cristo, los romanos levantaron sobre el Calvario y el Sepulcro el foro y el templo de Afrodita. En el año 326 la emperatriz Santa Elena llegó a Jerusalén y destruyó el templo de Venus. Posteriormente encontró (bajo este) el Sepulcro y el Calvario. Se encontró también la cueva en la que se habían guardado los intrumentos de la Pasión y la Verdadera Cruz fue colocada sobre el Calvario (el cual quedaba dentro de la basílica dedicada en el año 335).

En el 614 los persas entraron en Jerusalén y después de incencidar la basílica sacaron la Cruz de la ciudad. En el año 630 el emperador Heraclio derrotó a los persas y entró triunfante en Jerusalén con la Cruz.

Después de esto se mandaron hacer diferentes astillitas para repartir por toda la Cristiandad.

Estas astillas se repartieron por todo el mundo. Algunos trozos grandes se conservan en Santo Toribio de Liebana (me parece que es el más grande); en las basílicas de San Pedro y santa Cruz de Jerusalén, en Roma; en la catedral de Anagni se venera también un pedazo muy notable, y en la cual se ve aun uno de los agujeros que se hicieron al crucificar a nuestro divino Salvador.

La veneración de esta reliquia es muy común durante todo el año, especialmente en el tiempo de Cuaresma y el Viernes Santo (a veces en el momento de la adoración de la Cruz).

Ecce lignum Crucis in quo salus mundi pependit, ¡venite, adoremus!

jueves, 17 de septiembre de 2009

Catequesis del Papa, 1Simeón el Nuevo Teólogo

Catequesis del Santo Padre Benedicto XVI

16-9-09

Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022)

Queridos hermanos y hermanas:

hoy nos detenemos a reflexionar sobre la figura del monje oriental Simeón el Nuevo Teólogo, cuyos escritos han ejercido un notable influjo sobre la teología y la espiritualidad de Oriente, en particular en lo que respecta a la experiencia de la unión mística con Dios. Simeón el Nuevo Teólogo nació en el 949 en Galacia, en Paflagonia (Asia Menor), de una familia noble de la provincia. Aún joven, se transfirió a Constantinopla para emprender los estudios y entrar al servicio del emperador. Pero se sintió poco atraído por la carrera civil que se le sugería y, bajo la influencia de iluminaciones interiores que iba experimentando, se puso a la búsqueda de una persona que le orientara en el momento lleno de dudas y perplejidades que estaba viviendo, y que le ayudase a progresar en el camino de la unión con Dios. Encontró esta guía espiritual en Simeón el Pío (Eulabes), un simple monje del monasterio de Studion, en Constantinopla, que le dio a leer el tratado La ley espiritual de Marcos el Monje. En este texto, Simeón el Nuevo Teólogo encontró una enseñanza que le impresionó mucho: "Si buscas la curación espiritual - leyó en él - estate atento a tu conciencia. Todo lo que ella te diga hazlo y encontrarás lo que te es útil". Desde aquel momento - refiere él mismo - nunca se acostó sin preguntarse si la conciencia no tuviese algo que reprocharle.

Simeón entró en el monasterio de los Estuditas, donde, sin embargo, sus experiencias místicas y su extraordinaria devoción hacia el Padre espiritual le causaron dificultades. Se transfirió al pequeño convento de San Mamés, también en Constantinopla, del cual, tres años después, llegó a ser cabeza, el higumeno. Allí condujo una intensa búsqueda de unión espiritual con Cristo, que le confirió gran autoridad. Es interesante notar que se le dio el apelativo de "Nuevo Teólogo", a pesar de que la tradición reservara el título de "Teólogo" a dos personalidades: al evangelista Juan y a Gregorio Nacianceno. Sufrió incomprensiones y el exilio, pero fue rehabilitado por el patriarca de Constantinopla, Sergio II.

Simeón el Nuevo Teólogo pasó la última fase de su existencia en el monasterio de Santa Macrina, donde escribió gran parte de sus obras, convirtiéndose en cada vez más célebre por sus enseñanzas y por sus milagros. Murió el 12 de marzo de 1022.

El más conocido de sus discípulos, Niceta Stetatos, que recopiló y volvió a copiar los escritos de Simeón, preparó una edición póstuma, redactando seguidamente la biografía. La obra de Simeón comprende nueve volúmenes, que se dividen en Capítulos teológicos, gnósticos y prácticos, tres volúmenes de Catequesis dirigidas a los monjes, dos volúmenes de Tratados teológicos y éticos y un volumen de Himnos. No hay que olvidar tampoco sus numerosas Cartas. Todas estas obras han encontrado un lugar relevante en la tradición monástica oriental hasta nuestros días.

Simeón concentra su reflexión sobre la presencia del Espíritu Santo en los bautizados y sobre la conciencia que deben tener de esta realidad espiritual. La vida cristiana - subraya - es comunión íntima y personal con Dios, la gracia divina ilumina el corazón del creyente y le conduce a la visión mística del Señor. En esta línea, Simeón el Nuevo Teólogo insiste en el hecho de que el verdadero conocimiento de Dios no viene de los libros, sino de la experiencia espiritual, de la vida espiritual. El conocimiento de Dios nace de un camino de purificación interior, que comienza con la conversión del corazón, gracias a la fuerza de la fe y del amor; pasa a través de un profundo arrepentimiento y dolor sincero por los propios pecados, para llegar a la unión con Cristo, fuente de alegría y de paz, invadidos por la luz de su presencia en nosotros. Para Simeón semejante experiencia de la gracia divina no constituye un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del Bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido.

¡Un punto sobre el que reflexionar, queridos hermanos y hermanas! Este santo monje oriental nos reclama a todos una atención a la vida espiritual, a la presencia escondida de Dios en nosotros, a la sinceridad de la conciencia y a la purificación, a la conversión del corazón, para que el Espíritu Santo se haga presente en nosotros y nos guíe. Si de hecho nos preocupamos justamente por cuidar nuestro crecimiento físico, es aún más importante no descuidar el crecimiento interior, que consiste en el conocimiento de Dios, en el verdadero conocimiento, no sólo tomado de los libros, sino interior, y en la comunión con Dios, para experimentar su ayuda en todo momento y en cada circunstancia. En el fondo, esto es lo que Simeón describe cuando narra su propia experiencia mística. Ya de joven, antes de entrar en el monasterio, mientras una noche en casa prolongaba sus oraciones, invocando la ayuda de Dios para luchar contra las tentaciones, había visto la habitación llena de luz. Cuando después entró en el monasterio, se le ofrecieron libros espirituales para instruirse, pero su lectura no le procuraba la paz que buscaba. Se sentía - cuenta él - como un pobre pajarito sin alas. Aceptó con humildad esta situación, sin rebelarse, y de entonces empezaron a multiplicarse de nuevo las visiones de luz. Queriendo asegurarse de su autenticidad, Simeón le preguntó directamente a Cristo: "Señor, ¿estas verdaderamente tu mismo aquí?". Sintió resonar en el corazón la respuesta afirmativa y fue sumamente consolado. Fue aquella, Señor - escribirá seguidamente - la primera vez que me juzgaste a mí, hijo pródigo, digno de escuchar tu voz". Sin embargo, tampoco esta revelación le dejó totalmente tranquilo.- Se preguntaba más bien si incluso aquella experiencia no debería considerarse una ilusión. Un día, finalmente, sucedió un hecho fundamental para su experiencia mística. Comenzó a sentirse como "un pobre que ama a sus hermanos" (ptochós philádelphos). Veía en torno a sí muchos enemigos que querían tenderle insidias y hacerle el mal, pero a pesar de ello advirtió en sí mismo un intenso trasnporte de amor hacia ellos. ¿Cómo explicarlo? Evidentemente no podía venir de él mismo semejante amor, sino que debía brotar de otra fuente. Simeón entendió que procedía de Cristo presente en él y todo se le aclaró: tuvo la prueba segura de que la fuente del amor en él era la presencia de Cristo y que tener en sí un amor que va más allá de mis intenciones personales indica que la fuente del amor está en mí. Así, por una parte, podemos decir que sin una cierta apertura al amor Cristo no entra en nosotros, pero por otra, Cristo se convierte en fuente de amor y nos transforma. Queridos amigos, esta experiencia es muy importante para nosotros, hoy, para encontrar los criterios que nos indiques si estamos realmente cerca de Dios, si Dios existe y vive en nosotros. El amor de Dios crece en nosotros si permanecemos unidos a Él con la oración y con la escucha de su palabra, con la apertura del corazón. Solamente el amor divino nos hace abrir el corazón a los demás y nos hace sensibles a sus necesidades, haciéndonos considerar a todos como hermanos y hermanas e invitándonos a responder con amor al odio y con el perdón a la ofensa.

Reflexionando sobre esta figura de Simeón el Nuevo Teólogo, podemos encontrar aún un elemento ulterior de su espiritualidad. En el camino de vida ascética propuesto y recorrido por él, la fuerte atención y concentración del monje sobre la experiencia interior confiere al Padre espiritual del monasterio una importancia esencial. El mismo joven Simeón, como se ha dicho, había encontrado un director espiritual, que le ayudó mucho y del que conservó una grandísima estima, tanto que le reservó, tras su muerte, una veneración también pública. Y quisiera decir que sigue siendo válido para todos - sacerdotes, personas consagradas y laicos, y especialmente para los jóvenes - la invitación a recurrir a los consejos de un buen padre espiritual, capaz de acompañar a cada uno en el profundo conocimiento de sí mismo, y conducirlo a la unión con el Señor, para que su existencia se conforme cada vez más al Evangelio. Para ir hacia el Señor necesitamos siempre una guía, un diálogo. No podemos hacerlo solamente con nuestras reflexiones. Y éste es también el sentido de la eclesialidad de nuestra fe, de encontrar esta guía.

Concluyendo, podemos sintetizar así la enseñanza y la experiencia mística de Simeón el Nuevo Teólogo: en su incesante búsqueda de Dios, aún en las dificultades que encontró y en las críticas de que fue objeto, él, a fin de cuentas, se dejó guiar por el amor. Supo vivir él mismo y enseñar a sus monjes que lo esencial para todo discípulo de Jesús es crecer en el amor y así crecemos en el conocimiento de Cristo mismo, para poder afirmar con san Pablo: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20).

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy hablamos de Simeón el Nuevo Teólogo, un monje oriental de Asia Menor nacido en el año novecientos cuarenta y nueve, que abandonó su carrera civil al servicio del Emperador para emprender el camino de la unión con Dios, bajo la guía espiritual de Simeón el Piadoso, en un monasterio de Constantinopla. Murió en mil veintidós, y sus escritos han tenido un notable influjo en la teología y la espiritualidad de Oriente. Su reflexión se centra en la presencia del Espíritu Santo en los bautizados, que han de ser conscientes de esta realidad espiritual, que todos ellos han recibido y que los lleva a la unión íntima y personal con el Señor. Éste es el cometido de la vida cristiana, en la que la comunión con Dios lleva a sentir su ayuda en todo momento. A su vez, el amor al prójimo, incluso a los enemigos, hizo ver aún mejor a Simeón que este amor no podía salir de él mismo, sino de Cristo que habitaba en él, mostrando así que la verdadera fuente del amor es la presencia divina en el alma.

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las Carmelitas Misioneras, en su Asamblea Intercapitular, al grupo del Bachillerato Humanista Moderno de la Arquidiócesis de Salta, así como a los demás grupos procedentes de España, El Salvador, Chile, Argentina y otros países latinoamericanos. Que la vida y enseñanza de Simeón nos ayude a descubrir cada día más la inefable belleza del Amor de Dios en nosotros.

Muchas gracias por vuestra atención.

Historia Sagrada según el Catecismo Mayor de San Pío X, II

PARTE TERCERA

BREVE NOTICIA DE LA HISTORIA ECLESIÁSTICA

Las persecuciones y los mártires

121. Pero la fe cristiana tenía que pasar por durísimas pruebas para que se viese manifiestamente que venía de Dios y que sólo Dios la sustentaba. En los tres primeros siglos de su existencia, a saber, en el transcurso de trescientos años, muchas y terribles persecuciones se levantaron contra los discípulos de Jesucristo por orden de los emperadores romanos.

No era continua la guerra suscitada contra los cristianos, pero tras cortos intervalos recrudecía, y entonces los requerían para que diesen razón de su fe; constreñíanlos a ofrecer incienso a los ídolos, y si se negaban a ello, los sujetaban a todo linaje de infamias, penas y tormentos que la humana malicia podía inventar, y hasta a la misma muerte.

122. Ellos no daban motivo de enojo a sus enemigos; juntábanse para sus devociones y para asistir al divino Sacrificio comúnmente en lugares subterráneos; oscuros y solitarios que aun subsisten en Roma y en otras partes, y se llaman cementerios o catacumbas. Mas no por esto evitaban los peligros de muerte. Innumerable muchedumbre de ellos dieron testimonio, con el derramamiento de su sangre, de la fe de Jesucristo, por cuya confirmación habían muerto los Apóstoles y sus imitadores. Por esto se llaman mártires, que quiere decir testigos. La Iglesia reconocía estas preciosas víctimas de la fe, recogía sus cadáveres, dábales honrosa sepultura en los santos lugares de dormición o dormitorios, y los admitía al honor de los altares.

123. La Iglesia no gozó de sólida paz hasta el emperador Constantino, quien vencedor de sus enemigos y favorecido y alentado por una visión del cielo, publico edictos dando a todos libertad de abrazar la religión cristiana; los cristianos volvían a entrar en posesión de los bienes que les hablan confiscado; nadie podía inquietarlos por razón de su fe; no debían en adelante ser excluidos de los cargos y empleos del Estado; podían levantar iglesias; y el mismo emperador costeó a veces la fábrica de ellas.

Los confesores de la fe que estaban en las cárceles salieron libres, los cristianos empezaron a celebrar sus reuniones con público esplendor y los mismos gentiles sentíanse atraídos a glorificar al verdadero Dios.

124. Constantino, vencido su postrer competidor, quedó dueño del mundo romano, y vióse la cruz de Jesucristo ondear resplandeciente en las banderas del imperio.

Dividió después el imperio en oriental y occidental, haciendo de Bizancio, sobre el Bósforo, una nueva capital, que hermoseó y llamó Constantinopla (a. d. C. 330). Esta metrópoli vino a ser presto una nueva Roma, por la autoridad imperial que en ella residía.

Entonces el espíritu de orgullo y novelería se apoderó de algunos eclesiásticos constituidos allí en alta dignidad, los cuales ambicionaban el primado del Papa y de toda la Iglesia de Jesucristo. De allí surgieron gravísimos conflictos durante muchos siglos, y finalmente el desastroso Cisma, con que el Oriente se separó del Occidente (siglo IX) sustrayéndose en gran parte de la divina autoridad del Pontífice Romano, que es el sucesor de San Pedro. Vicario de Jesucristo.

Las herejías y los concilios

125. Cuando salía victoriosa de la guerra exterior del paganismo y vencía la prueba de feroces persecuciones, la Iglesia de Jesucristo, salteada por enemigos interiores, entraba en la guerra intestina, mucho más terrible. Guerra prolija y dolorosa, que empeñada y atizada por malos cristianos, hijos suyos degenerados, no ha llegado aún a su termino, pero de la cual saldrá la Iglesia triunfadora, conforme a la palabra infalible de su divino Fundador a su primer Vicario en la tierra, el apóstol San Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (Mateo XVI, 18.)

126. Ya en los tiempos apostólicos había habido hombres perversos que, por interés y ambición, turbaban y corrompían en el pueblo la pureza de la fe con abominables errores. Opusiéronse a ellos los Apóstoles con la predicación, con los escritos y con las infalibles sentencias del primer Concilio que celebraron en Jerusalén.

127. Desde entonces acá, no ha cesado el espíritu de las tinieblas en sus ponzoñosos ataques contra la Iglesia y las divinas verdades de que es depositaria indefectible; y suscitando constantemente nuevas herejías, ha ido atentando uno tras otro contra todos los dogmas de la cristiana religión.

128. Entre otras, han sido tristemente famosas las herejías de Sabelio, que impugnó el dogma de la Santísima Trinidad; de Manes, que negó la Unidad de Dios y admitió en el hombre dos almas; de Arrio, que no quiso reconocer la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; de Nestorio, que rehusó a la Santísima Virgen la excelsa dignidad de Madre de Dios y distinguió en Jesucristo dos personas; de Eutiques, que en Jesucristo no admitió más que una naturaleza; de Macedonio, que combatió la divinidad del Espíritu Santo; de Pelagio que atacó el dogma del pecado original y de la necesidad de la gracia; de los Iconoclastas, que rechazaron el culto de las Sagradas Imágenes y de las Reliquias de los Santos; de Berengario, que se opuso a la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento; de Juan Hus, que negó el primado de San Pedro y del Romano Pontífice, y finalmente la gran herejía del Protestantismo (siglo XVI), forjada y propagada principalmente por Lutero y Calvino. Estos novadores, con rechazar la Tradición divina, reduciendo toda la revelación a la Sagrada Escritura, y con sustraer la misma Sagrada Escritura al legítimo magisterio de la Iglesia para entregarla insensatamente á la libre interpretación del espíritu privado, demolieron todos los fundamentos de la fe, expusieron los Libros Santos a las profanaciones de la presunción y de la ignorancia y abrieron la puerta a todos los errores.

129. El Protestantismo o religión reformada, como orgullosamente la llaman sus fundadores, es el compendio de todas las herejías que hubo antes de él, que ha habido después y que pueden aún nacer pira ruina de las almas.

130. Con una lucha que dura sin tregua hace veinte siglos, no ha cesado la Iglesia católica de defender el depósito sagrado de la verdad que, Dios le ha encomendado y de amparar a los fieles contra la ponzoña de las heréticas doctrinas.

131. A imitación de los Apóstoles, siempre que lo ha exigido la pública necesidad, la Iglesia, congregada en Concilio ecuménico o general, ha definido con toda claridad la verdad católica, la ha propuesto como dogma de fe a sus hijos, y ha arrojado de su seno a los herejes, lanzando contra ellos la excomunión y condenando sus errores.

El Concilio ecuménico o general es una augusta asamblea a la cual llama el Romano Pontífice a todos los Obispos del universo y a otros Prelados de la Iglesia, presidida por el mismo Papa en persona o por sus legados. A esta asamblea que representa a toda la Iglesia docente, le está prometida la asistencia del Espíritu Santo, y sus decisiones en materia de fe y de costumbres, después de confirmadas por el Sumo Pontífice, son seguras e infalibles como la palabra de Dios.

132. El Concilio que condenó el protestantismo fue el Sacrosanto Concilio de Trento, denominado así por la ciudad donde se celebró.

133. Herido con esta condenación, el protestantismo vio desenvolverse los gérmenes de disolución que llevaba en su viciado organismo: las discusiones lo desgarraron, multiplicáronse las sectas, que, dividiéndose y subdividiéndose, lo redujeron a menudos fragmentos. Al presente, el nombre de protestantismo no significa ya una creencia uniforme y extendida, sino que encierra un amontonamiento, el más monstruoso, de errores privados e individuales, recoge todas las herejías y representa todas las, formas de rebelión contra la santa Iglesia católica.

134. Con todo, el espíritu protestante, que es espíritu de desaforada libertad y de oposición a toda autoridad, no dejó de difundirse, y se alzaron muchos hombres que, hinchados con una ciencia vana y orgullosa o enseñoreados de la ambición y del interés, no dudaron en forjar o dar aliento a teorías trastornadoras de la fe, de la moral y de toda autoridad divina y humana.

135. El Sumo Pontífice Pío IX, después de haber condenado en el Syllabus muchas de las proposiciones más capitales de esos temerarios cristianos, para aplicar la segur a la raíz del mal, había convocado en Roma un nuevo Concilio ecuménico. Comenzó felizmente su obra ilustre y benéfica en las primeras sesiones, que se celebraron en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano (de donde le vino el nombre de Concilio Vaticano I), cuando en 1870, por las vicisitudes de los tiempos, tuvo que suspenderlas.

136. Es de esperar que, sosegada la tempestad que agita momentáneamente a la Iglesia, podrá el Romano Pontífice anudar y llevar a cabo la obra providencial del Santo Concilio, y que, deshechos los errores que ahora combaten a la Iglesia y a la sociedad civil, podremos ver pronto la verdad católica brillar con nueva luz y alumbrar el mundo con sus eternos resplandores.

Advertencias y orientaciones para el estudio de la religión en la Historia de la Iglesia

137. Aquí termina este nuestro resumen, pues no es posible seguir paso a paso los varios sucesos de la Iglesia, complicados con los acontecimientos políticos, sin decir cosas menos acomodadas a la común inteligencia, y sin desviarnos del fin y blanco de estas páginas.

El cristiano de buena voluntad provéase de un buen Compendio de Historia Eclesiástica de autor católico, y para elegirlo válgase del consejo de su párroco o de un docto confesor. - Lea con espíritu de sencillez y humildad cristiana, y verá resplandecer en su madre la Iglesia los caracteres con que nuestro Señor Jesucristo ha distinguido a la única verdadera Iglesia que El fundó, que son: Una, Santa, Católica v Apostólica.

138. UNA. - Verá resplandecer la unidad de la Iglesia en el ejercicio no interrumpido de la fe, de la esperanza y de la caridad. Verá en veinte siglos de vida, siempre joven y floreciente que cuenta la Iglesia, tantas generaciones, tanta muchedumbre de hombres, diversos en índole, nacionalidad y lenguas, unidos en una sociedad gobernada siempre por una misma y perpetua jerarquía, profesar unas mismas . creencias, confortarse con unas mismas esperanzas, participar de comunes plegarias y de unos mismos sacramentos, bajo la dirección de los legítimos pastores. Verá la jerarquía eclesiástica, formada de tantos miles de obispos y sacerdotes, conservarse estrechamente unida en la comunión y obediencia del Romano Pontífice, que es la cabeza divinamente establecida, y recibir de él las divinas enseñanzas para comunicarlas al pueblo con perfecta unidad de doctrina. ¿De dónde tan maravillosa unión? De la presencia y asistencia de Jesucristo, que dijo a sus Apóstoles: He aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.

139. SANTA. - El fiel que lea con rectitud de corazón la Historia Eclesiástica, verá resplandecer la santidad de la Iglesia, no sólo en la santidad esencial de su cabeza invisible Jesucristo, en la santidad de los sacramentos, de la doctrina, de las Corporaciones religiosas, de muchísimos de sus miembros. sino también en la abundancia de los dones celestiales, de los sagrados carismas, de las profecías y milagros con que el Señor (negándolos a las demás sociedades religiosas) hace brillar a la faz del mundo la dote de la santidad, de que está exclusivamente ataviada su única Iglesia.

Quien lee con ánimo desapasionado la Historia Eclesiástica, queda atónito al contemplar la acción visible de la divina Providencia, que ha comunicado a la Iglesia la santidad y la vida, y vela por su conservación. Ella fue la que, desde los primeros siglos, suscito aquellos grandes hombres, gloria inmortal del Cristianismo que, llenos de sabiduría y sobrehumana virtud, combatieron victoriosamente las herejías y errores al paso que iban apareciendo: Santos Padres y Doctores que brillarán como estrellas por perpetuas eternidades, en frase bíblica; de cuyo unánime consentimiento podemos deducir y reconocer la Tradición y el sentido de las Sagradas Escrituras.

Y asombra no menos ver levantarse providencialmente, en tiempo y lugar oportuno, aquellas Ordenes regulares, aquellas religiosas familias, aprobadas y bendecidas por la Iglesia, en las cuales ya desde el siglo IV florecía la vida cristiana y se aspiraba a la perfección evangélica, practicando los divinos consejos pon los santos votos de castidad, pobreza y obediencia.

Véase por la historia que estas religiosas familias, en el transcurso de los siglos, han ido constantemente y van ahora sucediéndose y renovándose con un fin siempre santo, sirviéndose de los medios acomodados a la época ; ora la oración, ora la enseñanza, ora el ejercicio del ministerio apostólico, ora el cumplimiento variado y múltiple de las obras de caridad. Como su santa madre la Iglesia, están sujetas a bravas persecuciones, que a menudo y por algún tiempo las oprimen. Pero como tales institutos pertenecen a la esencia de la Iglesia por, la actuación de los consejos evangélicos, por esto no pueden perecer del todo. Y es cosa averiguada por la experiencia, que la tribulación las purifica y rejuvenece„ y renaciendo en otra parte, se multiplican y producen más copiosos frutos, quedando siempre como una fuente inexhausta de la santidad de la Iglesia.

140. CATÓLICA. -Verá con amargura el fiel que hartas veces, en el curso de los siglos, muchedumbre inmensa de cristianos, acaso naciones enteras, se desasieron miserablemente de la unidad de la Iglesia, pero verá también que Dios enviaba sucesivamente a otras gentes y a otras naciones la luz del Evangelio por medio de hombres apostólicos, encargados por Él, como lo fueron los Apóstoles, de guiar las almas a la eterna salvación. Y se consolará al reconocer que el Señor se digna confiar en nuestro siglo este apostolado a centenares y miles de sacerdotes, de religiosos de todas las Ordenes, de vírgenes que le están consagradas, los cuales recorren las tierras y los mares del viejo y del nuevo mundo para dilatar el reino de Jesucristo. Por donde sería un error dar fe a las baladronadas de los incrédulos: que el Catolicismo va extinguiéndose en el mundo, como si ya los hombres no atendiesen a otra cosa que al progreso de las ciencias y .las artes. Por el contrario, resulta claramente de las estadísticas que el número total de los católicos en las cinco partes del mundo, no obstante las persecuciones y dificultades de todo género, crece cada año, y es de esperar que haciéndose cada día más fáciles los medios de comunicación, y con el favor divino, no habrá luego tierra accesible donde en una modesta iglesia y alrededor de un pobre misionero no haya un grupo de cristianos unidos de pensamiento y de corazón con sus hermanos de todo el mundo, y, por medio de los Obispos o Vicarios apostólicos legítimamente enviados por la Sede Romana, ligados a la misma en unidad de fe y de comunión. Y esto es lo que se llama catolicidad de la Iglesia. Ella sola puede llamarse católica o universal, esto es, de todo tiempo y de todo lugar.

141. APOSTÓLICA. - Al recorrer la historia eclesiástica, verá el fiel sucederse entre increíbles dificultades tantos Romanos Pontífices que, revestidos en la persona de Pedro de las mismas prerrogativas que a él le dio Jesucristo, van comunicando también la jurisdicción a los sucesores de los demás Apóstoles, de los cuales ninguno se separó jamás de Pedro, como ahora ninguno podrá separarse de la Sede Romana sin dejar de pertenecer a la Iglesia, que por esto se dice y es realmente apostólica.

142. En la Historia Eclesiástica aprenderá el fiel a conocer y evitar a los enemigos de la Iglesia y de su fe. En el transcurso de los siglos se hallará con asociaciones o sociedades tenebrosas y secretas, que con varios nombres se fueron organizando, no ya para glorificar a Dios eterno, omnipotente y bueno, sino para derribar su culto y sustituirlo (cosa increíble, pero verdadera) por el culto del demonio.

No se maravillará de que los legítimos sucesores de San Pedro, sobre quien fundó Jesucristo su Iglesia, hayan sido y aun sean al presente, objeto de aborrecimiento, de escarnio y aversión por parte de los herejes e incrédulos, debiendo asemejarse más al divino Maestro que dijo: Si a Mí me han perseguido también a vosotros os perseguirán. Pero la verdad que verá deducirse de la historia, es ésta; que los primeros Papas por varios siglos fueron justamente ensalzados al honor de los altares, habiendo muchos entre ellos que derramaron su sangre por la fe, que casi todos los demás brillaron por sus egregias dotes de sabiduría y virtud, siempre atentos a enseñar, defender y santificar al pueblo cristiano, siempre pronto, como sus predecesores, a perder la vida por dar testimonio de la palabra de Dios. ¿Qué importa (desgraciadamente también entre los doce hubo un Apóstol malvado), qué importa que entre tantos haya habido muy pocos menos dignos de ascender a la Suprema Sede, donde toda mancilla parece gravísima? Dios lo permitió para dar a conocer su poderío en sostener a la Iglesia, conservando a un hombre infalible en la enseñanza, aunque falible en su conducta personal.

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